MUSIKA

Flórez llena el Kursaal en el estreno de Quincena

Juan Diego Flórez, tenor; Vincenzo Scalera, piano. Obras: V. Bellini, G. Rossini, G. Donizetti, R. Soutullo, A. Pérez Soriano, J. Serrano, E. Lecuona, J. Massenet, C. Gounod, B. Godard y G. Verdi. Lugar y fecha: Auditorio Kursaal (Donostia), 02/08/2026. Quincena Musical.

El auditorio del Kursaal, lleno en el concierto de Juan Diego Flórez. (MUSIKA HAMABOSTALDIA)

Con el Auditorio del Kursaal lleno hasta la bandera, la excitación del gran concierto inaugural del festival, el bullicio de los reencuentros, la expectación de los que tuvieron la fortuna de escuchar su voz hace más de veinte años y el nerviosismo alborotado de los admiradores incondicionales del tenor peruano –me nace llamarles ‘club de fans’, pero temo estar utilizando términos más propios de los seguidores de una tonadillera o un ídolo de adolescentes–, el aviso por megafonía de la indisposición del cantante cayó como un jarro de agua fría. Y es que ni los resfriados ni los dolores de garganta consultan la agenda para concertar una cita.

Afortunadamente, la carrera de un cantante lírico del nivel de Juan Diego Flórez incluye a partes iguales pundonor, maestría y una larga lista de remedios caseros, por lo que el recital discurrió con una relativa normalidad, a pesar de la exigencia del repertorio y de la tos mal disimulada, los pañuelos de papel y mucha, mucha hidratación.

La primera parte de la velada, dedicada al bel canto italiano con una selección de canciones de Bellini, Rossini y Donizetti de aire íntimo y elegante, destacó por su refinado fraseo y un legato exquisito, a pesar de que su malestar no le permitió sostener las frases con la longitud y comodidad habitual. Sin embargo, la robustez de su centro grave, la densidad de su timbre y ese lustre con matices oscuros de reciente aparición no corresponden a ninguna causa médica pasajera, sino a la evolución natural de su voz en los últimos tiempos, mostrando un canto que, aun sin haber perdido capacidad para el agudo, exige otra técnica más consciente, menos innata y, sin duda, más madura.

Esta primera parte terminó con la única concesión a la afección vocal del programa, sustituyendo el ‘Sì, ritrovarla io giuro’ de ‘La Cenerentola’ por ‘Oh come il fosco impetuoso nembo’, de ‘La pietra del paragone’, también de Rossini.

El pianista Vincenzo Scalera estuvo todo el concierto al quite. (MUSIKA HAMABOSTALDIA)

Tras la pausa, el peruano dividió el programa entre zarzuela y repertorio francés, con más soltura que en la primera mitad, tirando de desparpajo y teatralidad para las romanzas y de expresividad y un gran dominio de las pausas dramáticas en las arias de Massenet y Gounod.

El aria de ‘I Lombardi’ de Verdi, reservada para el final del programa oficial, lejos de ser la gran traca final, pasó sin pena ni gloria, dejando ver la fatiga vocal y las molestias de la indisposición, a pesar de que el pianista Vincenzo Scalera estuvo todo el concierto al quite, con una maestría digna de elogio, bien apoyando y reforzando en los momentos justos, bien relajando y respirando cuando era menester –además de, por descontado, en sus acertadísimas intervenciones individuales–.

Fuera de programa, Juan Diego Flórez llegó, como suele, acompañado de su guitarra para unas piezas mucho menos exigentes, pero que, sin embargo, ya más relajado, convencieron mucho más. Obsequió al público con el tango ‘Volver’ de Gardel, un popurrí de conocidas canciones peruanas (‘Te amo, Perú’, ‘La flor de la canela’ y ‘Fina estampa’) y la favorita del público: ‘Cucurrucucú, Paloma’.

En condiciones normales, sin duda el concierto hubiera terminado con la famosa aria de ‘La fille du regiment’, pero dada su altísima exigencia, finalizó con ‘Mattinata’ de Ruggero Leoncavallo.

El público agradeció con cerrada ovación no solo el concierto –que supo a poco–, sino el mérito del esfuerzo y la profesionalidad de Flórez.